Hay cosas que parece que las
olvidé hace mucho tiempo y de repente, un día como hoy vuelven a mi memoria, y
no por casualidad. Hoy es el día de
nuestros ángeles de la guarda. Yo nunca me acuerdo de pedirle nada. Es algo que
oía mucho de niña, pero que lo aparqué en un parte de mi mente pensando que era
algo de la infancia que te dicen para que te duermas tranquilo. Pero jamás pensé
en su verdadero significado, un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos
partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una criatura celeste que nos
recuerda al rostro del Padre que tanto anhelamos contemplar.
Necesito muchas fuerzas estos
días, pero sé donde las encuentro, en la Sagrada Eucaristía, en el cuerpo y
sangre de Cristo. Las refuerzo en la oración, motor de mi día a día. Todo a mí
alrededor se tambalea, y siento el demonio cerca acechando pensando que en
estas horas bajas podrá conmigo, ¡Pobre Diablo ignorante!, nada ni nadie me
hará dejar de pensar que cada sufrimiento tiene una causalidad divina y un
acercamiento a Jesús. Tampoco sabe que mi Fe esta construida sobre roca firme, y
que jamás dejaré que siembre la duda en mi ser.
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