Hay signos que se repiten en los textos y que marcan nuestras creencias. Yo siempre me quedo con el agua, la luz de una vela, el pan y el vino. Son esenciales en la mesa de un altar. Si unes esto a la Palabra de Dios y la presencia de uno de sus pastores, ¿Qué más necesitas? Hoy el Evangelio nos compara con una lampara de aceite, con la luz, esa que está presente siempre ante el Sagrario y en la mesa del altar. Hay algo que a mí personalmente me asombra. Como cambia el altar cuando es iluminado. Aunque si me tengo que quedar con una imagen, me quedo con la Iglesia apagada y solo la luz del Sagrario, si no lo habéis experimentado, intentarlo, es un ejercicio de introspección total.
Pero comencé a dejar que su Palabra calara en mi alma y mi corazón, dejé que su cera encendiera mi llama. Comprobé por mi misma que es maravilloso aceptar los lances que la vida te da, sin intentar frenarlos, sino dejando que Cristo me ayudará. Y no sé como, caí rendida a sus pies. Es extraño, pero me enamoré perdidamente. Y como la lámpara de ese texto, no puedo sentirme más que afortunada y agradecida, porque soy luz encendida por Jesús para llevarla al resto del mundo. Confío en no defraudarle y no dejar de cuidar esa llama que solo de mí depende que siga dando luz a la humanidad.
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